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Superman: Strength

Superman: Strength

Durante los ’90, una de los cómics más interesantes de leer, y más -por decirlo de algún modo- educativos, fue Understanding Comics. Este volumen de más de doscientas páginas es un extenso cómic… sobre el cómic. Así es. Un cómic que narra la historia del medio y su desarrollo, que explica las piezas que lo componen, que detalla cómo se estructura la narrativa en ellos, y así sucesivamente. Una obra maestra por dónde se le mire, que permite que cualquier hijo de vecino que disfruta con esta manifestación artística tenga a la mano, y bien internalizados, una serie de argumentos para defender el cómic como concepto de todos quienes argumentan que es una forma de arte menor y sólo para niños y tipos sin vida.

El autor de semejante obra es el norteamericano Scott McCloud, quien la escribe, dibuja y –además- protagoniza. Es decir, el mismo Scott McCloud aparece caricaturizado en su libro y va explicando los conceptos. De más está aclarar que sólo con esta obra McCloud se convirtió no sólo en el teórico más famoso del mundo del cómic, sino en un autor solicitado. A tal punto llegó su prestigio que, cuando Superman The Animated Series hizo la transición al formato impreso en 1996 -bajo el título Superman Adventures-, él fue el elegido para escribir el título durante sus primeros doce números.

Claro que esa no sería su única experiencia escribiendo al azuloso. En el año 2005, no sólo lo escribió, sino que además hizo los bocetos  de una miniserie de tres números llamada Superman: Strength, en la que explora el verdadero origen de la fuerza de Superman. Si, leíste bien, el verdadero origen de la fuerza de Superman. ¿No que era la radiación del sol amarillo, acumulada como energía por su fisiología kryptoniana? Según McCloud, el origen de la fuerza del azuloso no es tan simple.

El primer volumen de esta historia se llama “El Hombre que Rompió el Brazo de Superman”, y su historia se desarrolla en dos momentos. La primera es el presente, en la que una banda de criminales liderada por un tal Fido analiza el modus operandi de nuestro héroe para conocer sus debilidades y así ser capaces de evitar que los capture al momento de efectuar un robo. Según el tal Fido, Superman es un tipo criado por millonarios, que siempre lo ha tenido todo en bandeja de plata, y por lo mismo es débil. El delincuente cuenta que su padre, otro delincuente, en algún momento peleó con Superman y le quebró un brazo.

Hay que concederle a este Fido varios puntos a favor. El primero, es que tiene capacidad de liderazgo, y que sus matones le creen. El segundo, es que es un tipo inteligente. Trabajó durante un tiempo en los laboratorios LexCorp, donde desarrolló el prototipo de unos guantes interdimensionales (algo así como un Boom Tube portátil). Esos guantes es su gran objetivo, y para ello organiza una serie de atentados que distraerán a Superman el tiempo suficiente como para recuperarlos sin mayores complicaciones. Sus cálculos funcionan a la perfección, con un pequeño plus: al final de su fechoría, terminan con un rehén (o algo así): la cabeza de Superman

La segunda línea temporal de la historia ocurre durante la infancia de Clark, en Smallville. Durante una temporada de malos negocios, Pa Kent se permite salir por un minuto de su estricto marco moral. Y Clark se da cuenta.  Al mismo tiempo que, producto de un fenómeno astronómico, sus poderes se manifiestan por primera vez. Y él los usa corriendo. A perderse. Hacia el horizonte.

El segundo volumen (“La Gran Corrida”) comienza con el destino de la carrera del joven Clark: Chicago, distante unos mil quinientos kilómetros de Smallville. Ahí, el niño se ve enfrentado a una realidad que desconoce, la de la violencia de las grandes ciudades, en las que ninguna cosa es lo que parece a primera vista. Porque en su pequeño pueblo natal las cosas son blancas o son negras, no hay medias tintas, tonos grises, ni intereses ocultos. En la gran ciudad las cosas no son tan simples, y un muchacho a punto de ser golpeado por una pandilla no es inocente simplemente por estar en inferioridad numérica. Y Clark aprende su lección, al mismo tiempo que su carga temporal de poderes desaparece.

Volvemos al presente. Superman está en poder de Fido (bueno, su cabeza, el resto de su cuerpo está en LexCorp). Y ahí se entera de diversas tragedias que están afectando al mundo, ante las que no puede hacer nada. De algún modo, logra negociar con los delincuentes una libertad temporal, con el compromiso de regresar a su cautiverio, para así poder ir a rescatar a los inocentes afectados por una inundación, un incendio, lo que sea. Fido confía en él y lo deja ir. Conjurado el peligro, el azuloso regresa. Y con su cabeza en una bandeja de plata, el maloso va a ofrecerle un trato a Lex Luthor. La negociación no resulta, y Metropolis termina el segundo episodio bajo un bombardero de materiales de oficina de tamaño hiper gigante. Claro que no todo está perdido. El bueno de Lex tenía un par de guantes de repuesto, y los usa para liberar a Superman.

Y se viene el tercer –y final- volumen, “El Rompenubes”. Obviamente Superman logra salvar a Metropolis sin que la ciudad sufra daños mayores. Pero Fido está lejos de ser detenido. El y su pandilla secuestran a Lois y se dan a la fuga en un vehículo experimental de la NASA. Al final de una larga persecución, que incluye kryptonita y una creciente disminución de las huestes de Fido, a éste no lo queda otra que reconocer que el hombre de acero lo supera.

El punto final de la discusión es simplemente que, con los talentos que Fido tiene, perfectamente podría haber sido un gran aporte a la sociedad. Pero su elección fue otra. Tal como podría haber sido la elección del azuloso, quien –afortunadamente- tuvo el modelo correcto de crianza, la gente buena del campo, que tiene sólidos valores y principios. A fin de cuentas, de ahí es de donde viene la fortaleza del azuloso. Más allá de los superpoderes y todo eso.

Ese es el análisis que hace McCloud.  Un análisis bien hecho, con un interesante contrapunto, y con un guión interesante que pese a lo largo de la historia no aburre. Del mismo modo, la composición de las páginas está bien hecha, sin ser nada del otro mundo. Se muestra claramente que el hombre tiene dominio sobre el género.

En otro punto alto están las cubiertas, responsabilidad del grandioso Alex Ross.

Lamentablemente, el arte detallado, responsabilidad de Aluir Amancio en lápices y de Terry Austin en tintas, no está a la altura del guión ni de la composición gráfica, restándole valiosos puntos a este trabajo a última hora. Un Jerry Ordway, un Tom Grummett, un Dan Jurgens o por último un Tim Sale habrían logrado que esta historia estuviera encumbrada dentro de las obras maestras del azuloso. ¿En qué estaría pensando DC al asignar el equipo gráfico?

Notas relacionadas:

    Fanboy
    Legends of the World’s Finest
    Superman: Peace on Earth
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