El conjunto de virtudes y valores que Superman representa la ha convertido, desde siempre, en el modelo a imitar por todos y cada uno de los fans comiqueros que se precien de tales. Si bien Batman tiene una claque más vociferante y comprometida, en el fondo todos desearíamos venir de otro planeta y tener poderes (y usarlos como el azuloso), mientras que muy pocos desearían ver asesinados a sus padres a la salida del cine para convertirse en un vengador enmascarado.
Superman ha sido y seguirá siendo un paradigma del bien. Un ícono. Un símbolo. Lo vimos después del 11-S, cuando en múltiples tiras editoriales bomberos y policías lucían la S característica en sus uniformes. Lo vimos, también, cuando murió el gran Christopher Reeve, un hombre que fue tocado por el mito y logró convertirse en un héroe por derecho propio más allá de haber representado al supes en la gran pantalla.
Así las cosas, no es sorprendente que en el primer número de la miniserie Fanboy el papel de honor recaiga en el último hijo de Krypton.
Contextualicemos un poco. Fanboy, como su nombre lo indica, es la historia de un fan de cómics. Un nerd, desadaptado social, de nombre Finster, que no calza en ningún grupo de su colegio y se refugia en el mundo de la cuatricromía. Claro que no sólo disfruta de los cómics. También trabaja en ellos, atendiendo una tienda. Una tienda dentro de la cual -era que no- igual abusan de él. Ya sea su jefe, ya sea un grupo de pandilleros que aparecen para “vitrinear” cómics. Ante la amenaza, Finster huye a esconderse. Y quién aparecerá en su escondite, sino Clark Kent, para motivarlo a enfrentar a sus agresores. Y no sólo eso. Además, el viejo Clark se manda una frase como para ponerla en bronce: “Todos somos Clark Kent. Sólo que no todos han descubierto en qué caseta telefónica cambiarse“.
Como en todo cómic que se precie, Superman cae en desgracia y no es otro que Finster el que tiene que -pese a sus dudas- ir más allá de sus capacidades y salvarlo.
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